Articulo

Tomado de: http://www.reportero24.com/2011/12/saludsexo-la-hipoxifilia-tecnicas-y-precauciones/
Autora: Felicia_Hardy




“Comenzaremos por decir que la moralización del riesgo es un tema más complejo de lo que creen los adeptos al sentido común[1].

Lo primero que hay que comprender es que la palabra “riesgo” debe su existencia a nuestra imposibilidad de ver el futuro. Si tuviésemos el don de la clarividencia y viésemos en una imagen nuestra propia muerte, no hablaríamos de riesgo sino de certeza. El concepto de riesgo está íntimamente ligado al de “incertidumbre”. Por eso, cualquier tipo de análisis que intentemos hacer acerca del riesgo implicará trabajar bajo una luz más que tenue.

A fin de responder la difícil pregunta que nos compete (¿qué nivel de sumisión al riesgo se considera autodestructivo?), decidimos tomar como punto de partida (al igual que hiciéramos con el tema anterior) dos actividades cada una de las cuales consideramos a un lado diferente del límite. En esta caso, sin embargo, nos pareció mejor comenzar por actividades no sexuales, a fin de evitar comentarios agregados (derivados del estatus “tabú” de todas estas actividades) que puedan entorpecer la explicación.

Tomaremos, por un lado, las carreras de autos (nadie acusa a los auspiciantes de aumentar sus ventas aprovechándose de un enfermo que arriesga la vida), y por el otro, el juego de la ruleta rusa. Ambas actividades son potencialmente letales, sin embargo, la mayoría de las personas considera (y estamos de acuerdo) que la primera es menos riesgosa que la segunda. La razón que justifica esta idea no tiene necesariamente que ver con el riesgo potencial de la actividad en sí misma (chocar a 200 Km. por hora no es necesariamente menos peligroso que recibir un disparo), sino con toda una serie de medidas que existen en las carreras y no en la ruleta rusa (uso de cinturones de seguridad, presencia médica en el predio, etc.), destinadas a controlar lo que podríamos llamar los “riesgos visibles”.

Por supuesto que existen un millón de otros riesgos, el piloto podría sufrir un mareo, producto de una afección hasta el momento no detectada del oído interno, y terminar por colisionar contra un muro. El hecho, sin embargo, de que la afección no haya sido detectada hasta el momento, lo convierte en un riesgo invisible. Además, este mismo problema podría afectarlo mientras baja las escaleras, con resultados igualmente letales.

Por otro lado, los riesgos visibles de la ruleta rusa también podrían ser eliminados, utilizando, por ejemplo, balas de fogueo. Ciertamente, nadie consideraría a la ruleta rusa como una actividad peligrosa si se practicase de esta forma, independientemente de la posibilidad de que alguien confunda el cargador.

Aquel que intentase llevar su seguridad más allá de los riesgos visibles se encontraría con la paradoja de no poder salir de su casa por el riesgo de ser asesinado en un asalto y no poder permanecer adentro por el riesgo de morir aplastado en un derrumbe. Aquel que, por otra parte, eligiese enfrentar estos mismos riesgos sin tomar recado alguno delataría un menosprecio por su propia vida. Por estas razones, creemos que los riesgos visibles marcan el límite que estábamos buscando.

Partiendo de esta base, analizaremos ahora sí el riesgo en una práctica sexual.

La más común de las prácticas sexuales consideradas riesgosas es sin lugar a dudas la asfixia erótica. Para empezar, es importante aclarar que, debido a que esta práctica tiene múltiples variantes (cada una con niveles y tipos de riesgos diferentes), no creemos que sea posible ubicarla de manera definitiva a un lado u otro del límite. Lo que buscaremos hacer, en cambio, es establecer cuáles son los riesgos visibles que deberían ser manipulados.

Los parámetros más importantes son cuatro: salud física, técnica utilizada, duración del acto y frecuencia.

-Salud física: No es lo mismo someterse a ser asfixiado para aquel que goza de perfecta salud que para aquel que ha sufrido un infarto. El daño cardíaco preexistente constituye en el último de estos casos un riesgo visible.

-Técnica: Como decíamos con anterioridad, existen diversas técnicas; algunas que permitan una liberación automática, otras que no; algunas que cortan el paso de aire por completo, otras solo de manera parcial; algunas que ejercen presión sobre la traquea o las arterias carótidas y otras que evitan estos puntos. Lejos de recomendar o descartar una de estas técnicas (no estamos escribiendo un manual para la práctica de la asfixia erótica), entendemos que la persona que realiza esta práctica sin estar debidamente informada acerca de las características y los riesgos específicos de la técnica que está utilizando está eligiendo ignorar los riesgos visibles.

Alguien podría preguntar qué diferencia hay entre esta persona y aquel que no revisa diariamente el techo de su casa en busca de grietas. La diferencia es que si hemos contratado a un profesional para construir el techo de nuestra casa se supone que éste conozca (y manipule) los riesgos visibles. Entonces, a menos que surgiese alguna buena razón para dudar de su pericia (p. ej., derrumbe de otra de sus construcciones), es coherente pensar que los riesgos visibles están bajo control, aún si nosotros los ignoramos. En cambio, cuando realizamos nosotros mismos una tarea, nos corresponde también a nosotros el conocer y manipular sus riesgos.

Por las mismas razones, podemos aceptar que, así como ponemos nuestra confianza en manos de un profesional para construir un techo, el gasper ponga su confianza en manos de su pareja. Esta situación, sin embargo, es solamente aceptable si esa confianza está justificada (p. ej., si la pareja se ha tomado el trabajo de informarse debidamente)[2].

- Duración del acto: El límite temporal en el que un acto de asfixia erótica comienza a ser peligroso no sólo varía de persona a persona sino que esta íntimamente relacionado con la técnica que se utiliza. Por ejemplo, una técnica en la que se ejerce presión sobre las carótidas puede volverse riesgosa en menos de diez segundos, mientras que el uso de una bolsa plástica en la cabeza de una persona durante ese mismo lapso puede no causar falta alguna de oxígeno.[3]

Existe, sin embargo, un dato que es más importante que la técnica y que el cronómetro, a saber, el “porqué”.

Aunque esto pueda sorprender a muchas personas, existen múltiples razones para ser gasper. Estas múltiples razones redundan en actitudes igualmente diversas frente a la práctica.

Sin entrar en una clasificación innecesaria para los fines de este ensayo, dividiremos a los gaspers en solo dos grandes grupos. Al primero, corresponden aquellos que son capaces de disfrutar de esta práctica dentro de márgenes relativamente cortos de tiempo, ya que la fuente de su placer así lo permite (p. ej. aquellos que se ven estimulados por la mera “teatralización” del acto); mientras que al segundo grupo pertenecen aquellos que necesitan empujar el límite cada vez más lejos, ya que la fuente de su placer así lo demanda (p. ej., aquellos que obtienen placer del riesgo en sí mismo). La actitud de este segundo grupo es el más importante de los riesgos visibles a ser tomados en cuenta, ya que, de ser enfrentado, llevará indefectiblemente a enfrentar también otros.

-Frecuencia: Con qué frecuencia es seguro practicar la asfixia erótica depende en gran medida de la manera en que se practique. La práctica rutinaria, no obstante, agrega al menos dos riesgos visibles, independientemente de cómo se lleve a cabo y por cuánto tiempo: 1) que la acumulación de lesiones pequeñas termine por producir lesiones mayores; 2) que el acostumbramiento a soportar cierto nivel de asfixia haga necesario buscar el nivel siguiente para obtener placer.

Estos riesgos visibles solo pueden ser manipulados por aquellos que, no sufriendo una compulsión (o adicción) hacia la práctica, son capaces de mantenerse alejados de esta por períodos prudenciales.”

[1] Como ya hemos expresado (aunque en la voz de Machi Mazzeo), el sentido común no es otra cosa que una abstracción de la opinión de la mayoría, por lo que está en relación directa con la moral del hábito.

[2] Tal vez tenga el lector en este punto la impresión de que estamos poniendo toda la responsabilidad en el gasper y muy poca en aquel que asume el rol dominante. Esto se debe a dos razones:

■ a.-) lo que se busca establecer en este punto es si el nivel de “sumisión” es autodestructivo o no, por lo que tiene sentido concentrarse en el sumiso;

■ b.-) la responsabilidad de aquel que habiendo asumido el rol dominante en un acto sexual causa un daño a su pareja no es en esencia diferente de la de aquel que construye un techo que termina por colapsar; en otras palabras, no es un tema netamente de índole sexual. Vale la pena aclarar, de todas formas, que si tuviésemos que juzgar el grado de responsabilidad de estos últimos (pareja o albañil), la manipulación de los riesgos visibles seguiría siendo el criterio fundamental. Nos preguntaríamos (usando el ejemplo del albañil): ¿no usó suficiente metal o el metal adolecía de un defecto de origen que escapaba a sus posibilidades evaluativas?

[3] A estas dificultades hay que sumar la actitud poco comprometida de algunos profesionales de la salud que prefieren seguir usando el approach “x=muerte” (mismo approach que, utilizado en la lucha contra las drogas, ya mostró ser ineficaz) en lugar de dar la información específica que pueda servir para salvar vidas. Por nuestra parte, somos perfectamente concientes de que la inclusión de este tema en nuestro ensayo nos ganará numerosas y duras críticas. Sin embargo, estamos convencidos que esta humilde contribución, además de cumplir con el propósito para el que fue incluida en el ensayo, evitará más muertes que muchos de los textos médicos que hemos consultado.

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