Articulo

En una página del famoso libro Sex, publicado por Madonna en 1992, aparece una foto fetish de Udo Kier acompañada de la siguiente frase: "Hay algo reconfortante en el hecho de ser atada. Es como cuando eras un bebé y tu madre te ataba en el asiento del coche. Ella quería que estuvieras segura: era un acto de amor". Sí, esta va a ser la segunda semana en que abro el artículo mencionando a Madonna, pero reconoceréis que resulta apropiado utilizar esta frase (que me señaló hace poco mi amiga Nikki) para introducir el tema del que quiero hablar esta semana: el arte erótico de la atadura, también llamado bondage.

Ya en mi primer artículo para BLIFE mencioné mi pasión por el encordamiento erótico, fruto de un infantil encuentro cinematográfico con Linda Fiorentino atada… Con el paso de los años fui aprendiendo los cómos y los porqués de este juego sensual: por ejemplo, que forma parte del conjunto de técnicas que se suelen conocer desde hace un tiempo como BDSM (por “Bondage, 

Dominación/Sumisión, SadoMasoquismo”). Aprendí que el bondage es el arte de inmovilizar al partenaire empleando cuerdas, cadenas, correas, esposas o incluso la voz humana (ordenar así como muy seriamente "no muevas ni un músculo" y ser prontamente obedecido sería un buen ejemplo).
Es difícil (o muy fácil, según se mire) explicar qué tienen de placentero las ataduras, tanto para quien ata como para la persona atada. Hay un componente físico (el roce-caricia de las cuerdas o el frío sensual de las cadenas, la presión/estimulación sobre zonas erógenas), y otro psicológico (la sensación de indefensión erótica al quedar 'a merced' de alguien en quien has depositado toda tu confianza, el grado de intimidad que se establece).  En manos de alguien que sepa lo que hace el bondage es una herramienta erótica de primer orden, un fuerte abrazo realizado con cuerdas que se convierten en la extensión (casi tentacular) de los dedos del que ata… Pero cuidado: igual que con muchas técnicas eróticas relacionadas con el sadomasoquismo, el arte de la atadura requiere de un aprendizaje adecuado para no acabar haciendo más daño que bien. 

Un tipo particular de bondage, el más espectacular y técnicamente avanzado (y también el que más delicado resulta de aprender con seguridad) es el de suspensión: atar al partenaire mediante arneses de cuerdas, colgándolo de un punto fijo.  Las suspensiones pueden crear una sensación extraña de liberación y de 'volar', además de multiplicar la pérdida de control de la persona atada y su sensibilidad a cualquier estímulo (doloroso, erótico o ambos) que le aplique el atador. Sin ir más lejos, es un momento ideal para utilizar la cera caliente de las velas del modo en que comentábamos la semana pasada…
La buena noticia para los niponofílicos como yo es que entre Japón y el bondage existe una relación muy estrecha… Y es que en el país del Sol Naciente se desarrolló una forma muy específica de bondage llamada shibari (縛り), que significa literalmente "atadura"… Aunque se suela usar la palabra específica kinbaku (緊縛), es decir, "atadura tensa" (las diferencias entre ambas denominaciones son tan sutiles que es difícil encontrar dos expertos que se pongan de acuerdo en cuáles son exactamente: no los voy a martirizar con ellas).

He escrito en alguna ocasión sobre los orígenes históricos del shibari: podría resumirlos diciendo que su  antecedente más inmediato es un arte marcial llamado hojōjutsu, practicado por los samurai desde el siglo XVI para reducir, inmovilizar y transportar a criminales y prisioneros. Cuando el preso era de origen noble, el objetivo del hojōjutsu no era sólo realizar una atadura sólida e inescapable, sino también estéticamente agradable a la vista y realizada de tal modo que codificara y mostrara los delitos del reo. 
La transformación de arte marcial en arte erótico se produjo a finales del siglo XIX y durante el XX gracias a un multifacetado artista llamado Itoh Seiyu, el primero de una larga serie de maestros de la cuerda (o nawashis) especialistas en el arte de la atadura erótica.

Hay quien dice que así como el shibari deriva directamente de un arte marcial samurai, el estilo occidental de bondage es deudor de las lazadas de los cowboys y sus técnicas para usar la cuerda con el ganado. Esto no es exactamente así (hasta donde yo sé, el estilo occidental bebe más bien del montañismo y los nudos decorativos), pero la imagen mental de samurais vs cowboys es demasiado graciosa como para pasarla por alto. Pero centrémonos.
Ver las bellísimas fotografías de complicadas ataduras japonesas puede hacer pensar que el shibari es demasiado complicado... Pero en realidad la técnica no es más difícil en sí misma que la del origami, el cuidado de bonsáis o (qué sé yo) cualquier otra artesanía manual que pueda aprenderse con un buen maestro y muchísima práctica. La auténtica complicación del shibari no está en su base técnica, sino en el hecho de que no se practica en solitario sino bien acompañado: "atar personas, no paquetes", como reza el lema del nawashi británico Esinem. Lo que realmente distingue un atador de otro es la pasión y la química que transmita a la persona que está siendo atada. Una atadura de shibari es un cruce entre artesanía, tango, masaje erótico y combate de artes marciales. Cuando se establece una conexión profunda puede alcanzarse una dimensión muy espiritual: en ocasiones la persona atada entra en lo que sólo puedo describir como un trance erótico, la “borrachera de la cuerda”.

Pero por supuesto, para llegar a ese nivel de maestría con las cuerdas es necesario haber aprendido antes a manejarlas. Hablando en plata: si la única forma de aprender a follar bien es follando mucho y a menudo, también la única forma de aprender a atar es atando mucho y a menudo. ¿Y dónde o cómo se pueden aprender los rudimentos de este arte japonés de la atadura, y tal vez encontrar un partenaire con el que practicarlos? Pues en más sitios de lo que parece, ahora que los aficionados al BDSM van (o "vamos", ejem) asomando la cabeza poco a poco desde nuestras proverbiales mazmorras subterráneas. En el estupendo artículo que mi compañera de redacción Delagranja escribió recientemente se pasaba revista a algunos lugares niponófilos de Barcelona: me permito añadir alguno de aquellos en que se reúnen los amantes del shibari…
El recientemente fallecido (y muy llorado) nawashi Kurt Fisher creó un club social dedicado a los aficionados al BDSM, un lugar llamado Rosas 5 en el que abundan hoy en día los aficionados al erotismo de las cuerdas. Por su parte, el gran performer y maestro Alberto No Shibari imparte diversos talleres: uno mensual en el Nido del Escorpión, otros esporádicamente en locales como el Fetish Café. En Barcelona (y me limito a mi ciudad por no hacerme eterno) hay grandes maestros de la cuerda dispuestos a enseñar y compartir su arte a través de clases y talleres: Alfil, Desper_TNT…
Me permito también hacer dos recomendaciones librescas imprescindibles…  La primera: nunca me canso de recomendar The beauty of kinbaku, una maravilla escrita e ilustrada por Master K. No es un manual (apenas tiene un par de tutoriales sencillos hacia el final del libro) sino un entretenidísimo repaso a la historia de este arte erótico acompañado de una completa galería de imágenes, la mayoría bellísimas y muy ponedoras. Va acompañado de un glosario de palabras japonesas, útiles no sólo para acudir a las fuentes originales sino también porque del mismo modo que un “Je t’aime, mon amour” es más sonoro que un “te quiero”, siempre será más bonito hablar de yoko tsuri que decir “te voy a colgar de lado”.

La segunda recomendación: desde el punto de vista más práctico e inmediato, son imprescindibles los dos tomitos de Complete Shibari, escritos por el atador semiautodidacta Douglas Kent. Dos pequeñas maravillas en formato reducido y tapa blanda profusamente ilustradas con fotografías claras e ilustrativas… Una joya que explica paso a paso las figuras básicas del shibari de suelo en el primer libro y los principios básicos de las suspensiones en el segundo. Una lectura imprescindible que acompaño de un consejo: ¡no practiquéis ningún tipo de suspensiones con cuerdas sin haber aprendido en persona de alguien de confianza! Porque con las fotografías de un libro, por buenas que sean (como en el caso que nos ocupa) no serán suficientes sin la práctica supervisada junto a alguien que sepa lo que hace.

Hecha esta salvedad: una parte especialmente interesante de este segundo tomo es la que explica los principios físicos de una suspensión, con abundantes diagramas que me recordaron a las clases de física de mi infancia… Nunca imaginé de crío que acabaría encontrando un punto erótico en dibujos de poleas y diagramas de fuerzas.
Y antes de que me ponga a disertar durante horas de cosas como las ventajas e inconvenientes del yute sobre el cáñamo o las cuerdas de fibra sintética, terminaré el artículo con una breve historieta en primera persona que ilustra bastante bien el carácter explosivo y sensual del arte de la atadura.
El pasado fin de semana mi pareja y yo estuvimos en Madrid asistiendo a un taller del ya mencionado nawashi Esinem, organizado por Fetterati.  Las clases con Esinem han sido un auténtico lujo, y la performance con que amenizó la fiesta posterior, espectacular. La modelo que trajo, una italiana encantadora, despierta y con cara de mala llamada Nina, resultó ser también atadora... Un momento para recordar: tras una larga suspensión con azotes incluidos, atada y colgada boca abajo únicamente del tobillo, y a pesar de estar amordazada con sus propias bragas (larga historia) Nina se las arregla para pedir, ante la inminencia del descuelgue: "More, please!".

 

El abrazo sensual de las cuerdas del shibari

 
de Josep Lapidario

http://www.magazineblife.com/buena-vida/sexo/29-sexualidad/342-el-abrazo-sensual-de-las-cuerdas-del-shibari.html
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