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Tener el mismo sueño

                El caminante se sentó al lado del camino un tanto cansado. Recordaba otros días en los que estuvo lleno de ira. Cuando se asfixiaba por el mero hecho de vivir. Y parecía que su paisaje no podía contener un mínimo gramo de frescura. Entonces todo marchaba mal. Como si fuera ahora mismo, recordó que una noche miró por la ventana para descubrir su vacío, en el vacío de los demás. Las luces de la ciudad tintineaban rítmicamente, aletargadas por el silencio, quemando imperturbablemente su esperanza de normalidad, apagando el brillo de las estrellas que solía buscar en estos casos para desaparecer por mares más tranquilos.

                Aparentemente derrotado, se durmió. Se había tomado ya dos litros de cerveza, por lo menos. Y no tardó demasiado, o eso le pasó al yo de sus sueños, y menos aún en encontrarse dentro de un nuevo paisaje absurdo, de pesadilla. Pero incluso ahí estaba borracho y apenas se enteraba de nada: le costaba focalizar y seguía tomado por la ira. Varias personas le sobrepasaron como fantasmas incoloros.  Sombras vagamente familiares que le aguijoneaban con golpes, esputos o insultos que apenas lograba distinguir. Varios haces de luces grisáceas absurdamente brillantes se lanzaban contra su cuerpo sin que pudiera evitar las quemaduras y cierto aturdimiento. Y, por fin, estalló. Fuera de sí. Tanto que incendió el gris hasta convertirlo en rojo luego en amarillo. Tanto que se enfrentó a sus atacantes y se abalanzó contra la primera de las formas que se le echaba encima.

                En un instante la silueta se hizo persona, y la persona se transformó en su profesora de Paleografía. La que siempre llevaba la blusa con dos botones de desabrochados de más. La que no tenía reparos en acercarse a responderte una duda en clase, volcarse sobre el texto que trabajábamos y pasear sus abundantes pechos en la mesa, mientras le rozaba con torpeza con su brazo o piernas. Inmediatamente la inmovilizó con una llave, apretándole el cuello con un brazo, mientras que con el otro la ataba las manos por detrás de su espalda a una anilla que había en una pared. No oía su voz, no dejaba de ser un sueño, pero le sorprendió su mirada encendida, airada, como la de él. Su carnalidad extrema. La sensación de realidad que ni el mismo entendía. Ese fuego multiplicó su ansiedad. Le transformó en la bestia que le gustaría ser cuando estaba despierto y la despedazó su ropa hasta dejarla desnuda. Entonces chilló. Como una lamia. Incandescente. Desmesurada. Memorable. Infinita. Se había vuelto loca.

                No sabía de donde, pero en su mano apareció una caja de alfileres largos, de los que tienen la punta redonda de colorines. Y comenzó a clavárselos, primero en sus orondos senos, tersos. Primero por su gran aureola sonrosada, después por sus partes más redondeadas. Luego por el resto del cuerpo. Ella bramaba. Sus gritos que sólo podía ver, tal vez porque observaba como su mirada brillaba, pasaron a adquirir forma, paredes, objetos, hasta transformarse en el envoltorio de su sueño. Más aún cuando, asombrado,  descubría cómo la sombra de la excitación endurecía sus pezones  y humedecía su vagina horadada en medio de contorsiones que, sin duda, eran producidas por el dolor, pero también coloreadas por el placer y el éxtasis. Sin poderse contener se abalanzó sobre el único hueco que le quedaba sin alfileres en el torso, un poco por encima de sus pechos y puso CM, sus iniciales.

 

                Despertar al día siguiente fue menos duro que afrontar los problemas que le habían llevado a su locura noctámbula. El mundo seguía mal, pero aquella imagen poderosa mantenía su cerebro en un constante estado de excitación que sobrevolaba sus innumerables problemas.  Además, y esto era lo realmente irónico, comenzaba a germinar en su cabeza aparentemente racional una idea absurda. Imposible. Pero que tenía una fabulación propia. Que ya poseía vida propia: la de buscar en su mirada, dentro de dos horas, cuando tuviera clase de paleografía, la confirmación de que ella también había tenido ese mismo sueño.

Dobs Mar.31.2017 1 1321
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Dobs
media/images/membership/member.png Hombre Amo
50 años, Toledo
Mar.31.2017 (hace 1223 dias)
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