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Extasis (parte1)

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Estaba lista, hizo un breve recorrido mental por todo cuanto se le había pedido que hiciera y enfundada en sus zapatos de 15 centímetros cogió su bolso, las llaves del coche y la bolsita de papel con el regalo, era una sorpresa de bienvenida a su vida para su amigo, dueño y señor, hombre, macho...poco importaba en ese momento.La situación, durante varios meses le había provocado en ocasiones cierto estrés, estrés que tan sólo él era capaz de calmar. Ya se sentía suya mucho antes de que se produjese la prueba definitiva, la entrega del cuerpo, su alma ya le pertenecía.

Se habían conocido gracias a las nuevas tecnologías, lógico por otra parte, teniendo en cuenta la distancia que les separaba, distancia que por fin se acortaba y, lógico también teniendo en cuenta que no puedes ir diciendo a todo el mundo que te gusta el BDSM, la gente inculta en ésta práctica automáticamente la rechazaría a nivel social y eso es algo que ella no se podía permitir. No tenía una doble vida, tan sólo una vida privada que guardaba cómo el mayor de sus tesoros, al que sólo podía acceder la persona idónea.

Después de intercambiar varios mensajes privados en una red social, cuando ambos tenían claro sus propósitos y, sobre todo, la confianza suficiente como para abrir en canal sus adentros, decidieron que había llegado el momento de escuchar sus voces. Fue un momento especial para ambos que duró más de una hora y en el que ambos, percibían, no sin razón, una serie de estímulos que reforzó esa amistad inicial. Risas, temas serios y personales acabaron en un acuerdo pactado por ambos.

La relación a distancia se fue solidificando poco a poco, creando deseos, a veces incontrolables, por poder estar el uno frente al otro aunque, ambos sabían que no era el momento adecuado. Tenían que estar muy bien preparados psicológicamente para poder hacer de sus sueños una realidad. Nada podía fallar, ya no se lo podían permitir, buscaban, ambos esa estabilidad emocional necesaria para vivir en la jungla de la vida.

Cuatro horas antes, él había bajado del séptimo piso en el que se encontraba su apartamento, para recorrer los escasos cuatrocientos kilómetros que les separaban, se sentía algo enervado, ilusionado, altivo, atractivo, y sobre todo, deseado. Esa sensación le daba una seguridad inusual y es que, por fin, él también iba a entregar su cuerpo ya que parte de su alma le pertenecía a esa mujer con la que tan sólo había intercambiado algunas horas de charla, tenían cosas en común, no le cabía la menor duda sobre todo el amor por la lectura y la escritura.

Ella le había apoyado para que dejase fluir, nuevamente, su imaginación y ambos, conjuntamente iban a escribir el libro más ansiado por ambos, su propio bets seller, el de ambos, escrito con tinta de pasión.

Saludo efusivamente al conserje del edificio y salió con paso firme a la calle, cargado con una maleta de color negro y un maletín de la misma tonalidad.

Recorrió los escasos sesenta metros que separaban el edificio de su vehículo y guardó sus bártulos en el maletero. Se acomodó en el asiento, sacó unas esposas y un pañuelo de raso que llevaba guardados en el bolsillo y los dejó sobre el asiento del acompañante, se colocó el cinturón de seguridad y emprendió el camino que le separaba de su premio.

- Ve con cuidado- le había dicho ella un minuto antes de que el tomase el ascensor para ir en su busca.

-Quédate tranquila, pararé a tomar un café y te llamaré- fue su última respuesta.

Habían acordado que se verían en un restaurante de carretera que permanecía abierto las 24 horas del día y en el que había vigilancia privada, de éste modo ambos irían juntos, a casa de ella sin que el otro vehículo estuviese sin controlar.

La explanada del parking era amplia y el restaurante tenía una terraza cubierta para los fumadores, él ya llevaba algunos minutos, sentado, esperando delante de una cerveza fría y sin dejar de mirar la entrada del parking, entrada por la que forzosamente tenía que llegar ella.

Un coche rojo giraba en ese momento hacía el lugar, aparcó cerca de la terraza y abrió la puerta, lo conducía una mujer, era ella, la pierna izquierda vestida con unas medias de rejilla y un zapato con un tacón vertiginoso hicieron primero su aparición, seguida de la pierna derecha ataviada de igual manera. Apagó el motor visiblemente nerviosa, cogió su bolso y la bolsita del asiento delantero y sacó finalmente todo su cuerpo del vehículo.

Cerró la puerta y vislumbro a su compañero al que le regaló la mejor de sus sonrisas. El la miraba complacido, sentado y apoyado en la mesa, con las piernas cruzadas. No cabía duda de que estaba disfrutando del espectáculo, sonreía también de forma picaresca, sabía que esa mujer vestida con una falda de cuero y una camisa roja, adornada por un foulard blanco iba a ser de su propiedad esa misma noche. Ella caminaba despacio, insegura con ese tacón, sin dejar de fijar su mirada al suelo, la expresión de su rostro desataba los instintos más primitivos en él, éste, tuvo que hacer un gran esfuerzo por no ir hacía ella y propinarle un soberano beso en los labios rojo fuego que protegían los blancos dientes de su bella dama.

Finalmente, cuando llegaba al escalón que separaba el aparcamiento de la terraza, el hombre se levantó y fue a su encuentro. Primero y sin dejar de mirarla a los ojos agarró la mano y la besó con delicadeza, a continuación recorrió el largo del brazo de la mujer, mientras ésta sentía un escalofrío que le recorría ya toda la espina dorsal. Le tomó la barbilla y besó esa boca que tanto ansiaba y que le volvía loco. Ella no opuso resistencia, todo lo contrario, había aprendido durante el tiempo que duró su aprendizaje a no desobedecer ni deseos ni ordenes.

Lamió fugazmente el labio inferior de la boca de su sumisa y la volvió a tomar de la mano, esta vez para acompañarla a la mesa.

- Mírame a los ojos- le ordenó el hombre.

Se quedaron en silencio el uno frente al otro, mirándose fijamente a los ojos y dejando volar sus sensaciones era un momento crucial, para ambos, no podían haber palabras, era una situación pactada.

Silencio que fue interrumpido por la presencia de la camarera que acaba de acercarse a la mesa para tomar la comanda.

- ¿Que quieres tomar?- le preguntó él sin dejar esa sonrisa endiabladamente sensual y sin dejar de mirarla a los ojos.

- Lo que tu quieras- contestó ella sin pestañear, con mirada centelleante.

- Una botella de vino blanco y sobre todo muy frío- pidió finalmente él.

- ¿Les traigo la carta?- preguntó la camarera visiblemente molesta ya que ninguno de los dos se molestó en mirarla mientras ella, educadamente, hacía su trabajo.

- No será necesario, por favor trae el mejor que tengas.

- Cuidado que hay que conducir- inquirió ella.

- No te preocupes- hoy te llevo yo.

Comenzaron a hablar después de que la camarera les trajese la botella de vino en una cubitera especial que la mantendría fría, sirvió las dos copas y se retiró.

Tres de las ocho mesas que componían la terraza estaban ocupadas, alzaron sus copas y brindaron.

- Por ti mi bella dama.

- Por ti mi bello amo.

- Por nosotros- susurró el lentamente.

Empezó una conversación muy distendida en la que ambos se encontraban muy a gusto, cómo si se conociesen de toda la vida, en parte algo de verdad había en ese conocimiento debido a la sinceridad de la que hicieron gala en todo momento en sus conversaciones. Ambos estaban con las piernas cruzadas, aunque ella se sentía un tanto incómoda y se movía mucho en su asiento.

- ¿Te ocurre algo?- preguntó curioso el hombre.

- Para nada no te preocupes, serán los nervios seguramente.

Ella tomó su bolso para sacar un paquete de cigarrillos y al hacerlo, él sin más le preguntó por la bolsa de papel que llevaba consigo.

- Um ¿Esto?- dijo ella con disimulada indiferencia.

- Es un regalito que te he traído.

- ¿Y a que esperas para dármelo?

- Tienes razón-dijo ella con una amplia sonrisa entregándole al hombre la bolsita que le había acompañado desde por la mañana que fue cuando compró el regalo.

El hombre abrió la bolsa y sacó de ella una caja pequeña de color negro con un lazo blanco hecho de delicada puntilla. Miró la caja, a la mujer y la movió para intuir que contenía, con cara de sorpresa y al comprobar que el contenido tenía algo rígido que se iba golpeando en los lados de la caja, desató el nudo, y su cara se convirtió en todo un poema, soltó una estruenda carcajada al ver el mando a distancia.

- Ahora entiendo que no estés muy cómoda-le dijo sin parar de reír.

Ella bajó la mirada, acababa de adoptar una expresión de timidez en su rostro que la sonrojó un tanto.

- Sencillamente eres una caja de sorpresas, eres genial- le dijo el hombre mientras levantaba su mentón para mirarla a los ojos, se levantó y la besó al tiempo que le daba las gracias.

Retomando la compostura siguieron charlando un rato, hasta que la mujer se excuso por tener que ir al baño, se levantó de la silla y con paso no muy seguro entró en el local. Las grandes ventanas del mismo ayudaron a que el hombre no perdiera de vista a la mujer que, de repente, en mitad de la sala, dio una especie de pequeño salto, fue algo repentino, sintió una descarga que la hizo reaccionar de esa manera, lo que además la obligó a girarse y ver a su amo riendo, mirándola con las cejas arqueadas, ella le respondió con un leve movimiento de cabeza al tiempo que reía...Al volver del baño, el hombre le hizo la misma jugarreta sólo que en esta ocasión necesitaba ver la cara de sorpresa de su dama.

Cuando llegó a la mesa, él se levantó ya para tomar el camino hacía sus realidades, Tomó a la mujer por la cintura la condujo hasta su coche, le abrió la puerta del acompañante para que ella se pudiese acomodar, la mujer estaba comenzando a vivir todo un sueño, esa galantería la había sorprendido gratamente, se sentó y el hombre le cerró la portezuela al tiempo que abría la de atrás. Apoyó su rodilla sobre el asiento y metiendo su cabeza entre los dos reposa cabezas delanteros, besó a la mujer al tiempo que, sacaba una venda de color negro que colocó en los ojos de la mujer, ésta tenía muy claro que era su sumisa, su esclava y que estaba a las ordenes de su amo. Le agarró las muñecas y las colocó detrás del reposa-cabezas, ahí les puso unas esposas.

- ¿Estas incómoda?

- No para nada sólo expectante, ¿que será lo próximo?

- Prohibido hablar a menos que te pregunte ¿de acuerdo?

- De acuerdo

- ¿Confías plenamente en mi cierto?

- Absolutamente.

- Dame la dirección que la ponga en el gps.

El silencio se instauró en el coche, después de poner las coordenadas de la dirección, la llave giró y ya acomodada y tranquila en su asiento, la mujer esperaba ansiosa, aunque no entendía muy bien del por qué la había atado ya, sabiendo que no quería por nada del mundo perderse esa sensación de exclusividad, saberse la elegida, estar dispuesta a complacer al hombre y comprobar la felicidad que le proporcionaba la excitación de su amo. Las ruedas se deslizaban por el asfalto empedrado del aparcamiento, hasta hacerlo por el asfalto de la A3.

Mientras controlaba el volante con la mano izquierda, el hombre, con su mano derecha tocó por encima de la blusa los pechos de la mujer, está se limitó a sonreír, complacida, desabrocho un par de botones y su mano buscó diestramente el contacto con el pecho turgente aprisionado por un sujetador que al principio, parecía resistirse un poco. El pezón erecto de su compañera le dio alas para seguir acariciándola ya sin piedad.

Sacó la mano medio aprisionada y la llevó sin más al muslo de la mujer, que, en esta ocasión no tenía las piernas cruzadas. Comenzó a acariciar con suaves movimientos al tiempo que de cuando en cuando le daba alguna palmada suave. Recorría el muslo vestido con las de redecilla sabiendo que, en el momento más inesperado se los arrancaría, sin más.

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Xyrli Sep.12.2015 0 1030
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Xyrli
Soy esclava más no de mi misma...
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Sep.12.2015 (hace 1522 dias)
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