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El Negro Estebanico I

 A lo largo y ancho de su vida tuvo muchos nombres, pero el que le pusieron al nacer fue Bidari, porque el hechicero predijo que sería un hombre de mundo leyendo en las cicatrices de las cortezas de árbol con las que le arroparon al nacer. Sin embargo, en la tribu todos lo conocían como Okapi y no porque su voz fuera melodiosa como la del esquivo animal, que también, sino por las dimensiones de su miembro viril. Bidari pasó su infancia tan feliz, cantando, recolectando las frutillas de la selva de Ituri y comiendo, saltamontes, lagartijas y la caza que traían los hombres del clan. Bidari Okapi ayudaba, como el resto de los niños, a las mujeres a cazar con red monos y pájaros, jugaba al escondite visto con ceniza, aprendía las complicadas melodías polifónicas de la tribu pigmea Mbuti y escuchaba con gran atención las historias del chamán sobre los orígenes del mundo y de los dioses. 

Cuando Bidari Okapi cumplió los trece años llegó el momento de celebrar el Nkumbi en el que los hasta entonces niños debían internarse en la selva de Ituri y pasarse el día cantando y amordazados en el más completo silencio alternativamente, pues todo Mbuti debía aprender el valor del silencio y el del sonido, tal era la importancia que el pueblo Mbuti otorgaban al verbo. Tras la circuncisión que ponía fin al ritual del Nkumbi  y tras haber superado con gran éxito las pruebas de dolor, silencio y melodías le fue otorgado ser el primero de los jóvenes en elegir su profesión dentro del clan. 

 A su regreso al poblado itinerante tras el Nkumbi, las mujeres comenzaron a mirarle de otra manera, pues su ya prominente falo, circuncidado se mostraba en todo su esplendor adolescente. Todo eran risitas cuando Okapi estaba presente, pero cuando se celebraba el ritual del Mangbo del Molimo que consistía en un concierto con tambores e instrumentos de viento que las mujeres ofrecían a la tribu  el descojone era generalizado, las jóvenes no podían contener las explosiones de risa cuando acercaban sus labios para hacer sonar el largo y ancho instrumento de viento.  Okapi no comprendía muy bien el motivo de tanto jolgorio femenino hasta llegada la fiesta de los tambores de agua, en el que las mujeres sumergidas en el rio hasta la cintura agitaban sus torsos y brazos para hacer que el rio cantase. El ritmo sincopado de los torsos bañados en el líquido elemento de las mujeres le hizo comprender, súbita, impetuosa, emergente y repentinamente la enorme y poderosa razón.  Fue en ese momento cuando Okapi decidió que quería ser chamán, para poder rondar el poblado recogiendo hierbas y hongos silvestres mientras el resto de hombres marchaban a cazar por largos periodos. Como consecuencia, en breve Okapi había refocilado con toda fémina disponible para gran satisfacción de las susodichas que competían por obtener los favores de nuestro superdotado Okapi.

 

Abusador hace 11 dias 0 25
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Abusador
media/images/membership/member.png Hombre Dominante
57 años, Madrid
Oct.15.2020 (hace 11 dias)
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